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Salvio Serrano

Benito Hernando Espinosa (1846-1916)

El conocido historiador de la Ciencia José Mª López Piñe-

ro ha afirmado, en una breve reseña biográfica, que Hernando

había colaborado en el tratado de dermatología general de José

Eugenio de Olavide (5). En efecto, hemos comprobado que apor-

tó algunos casos de lepra.

Volviendo a Martínez Molina, cuando en 1896 Federico

Olóriz Aguilera (1855-1912) ingresase en la Real Academia Na-

cional de Medicina para cubrir la vacante de aquel, Hernando

fue el encargado de pronunciar el reglamentario discurso de

contestación. En él elogió a Martínez Molina y afirmó que fue

mi antiguo maestro, a quien siempre estaré agradecido, por-

que, después de Dios, sus cuidados y ciencia me dieron la vida en

una grave enfermedad” (

6)

.

Otra amistad imperecedera fue la de Federico Olóriz. En

el

Diario

de este último, Hernando aparece citado con mucha

frecuencia y sabemos también de la estrecha relación entre las

familias Olóriz Ortega y Hernando Monge (7). Y es que nuestro

personaje se había casado con la granadina María de Gracia

Monge Moreno, de la que tuvo varios hijos. De ellos, sabemos

que un varón, también llamado Benito, había nacido en Grana-

da en 1885 y estudió en el Instituto General y Técnico San Isi-

dro de Madrid. Murió siendo alumno de Farmacia, con solo 20

años. Hemos encontrado un trabajo suyo de geología. De una

hija, María del Pilar, Olóriz refleja en su

Diario

las mediciones

antropológicas que le fue realizando desde que nació en 1891

hasta 1895 (8).

También fue muy amigo de José Ribera y Sanz (1852-1912),

que había sido alumno suyo en Granada, y más tarde convertido

en flamante catedrático de Patología Quirúrgica de la Central. En

1909 encontramos a Hernando asistiendo a la boda de Carmen

Ribera con un hijo de José Mª Esquerdo Zaragoza (1842-1912)

un eminente frenólogo del momento (9).

Su mala salud, quizás derivada de su hábito tabáquico -es

conocido que encendía un cigarrillo con la colilla del anterior- le

obligó a pedir la jubilación anticipada -al menos esa fue la razón

esgrimida- que le fue concedida en 1908. Ocupaba por entonces

el número 12 en el escalafón de catedráticos de Universidad del

Reino(10).

En 1915, ya viudo y muertos sus hijos, marchó a Guadala-

jara, para que le cuidaran sus hermanas Emilia y Ángela. Ambas

le sobrevivirían once años(11). Mientras pudo hacerlo, se dedicó

a escribir sobre literatura y arte, hasta que la arteriosclerosis le

impidió cualquier actividad cognitiva. Su muerte, ocurrida el 24

de julio de 1916, según se afirmó en la época “

fue la entrega de

un cuerpo rendido

”(12).

En los periódicos madrileños

La Acción

y

El Liberal

apare-

cieron unas breves reseñas necrológicas. Algo más extensa, y con

una fotografía de Hernando, fue la de

La Semana

, firmada por

un seudónimo muy conocido en su tiempo: El Doctor Fausto. En

ella se recoge de modo muy cariñoso lo que había significado ese

profesor –sin duda el autor había sido alumno suyo- y da la noticia

de que, habiendo muerto todos sus familiares más cercanos, se

recogió con sus dos hermanas en Guadalajara (13).

En la revista semanal de Guadalajara titulada

Flores y Abe-

jas

, en la que Hernando había sido frecuente colaborador, a los

pocos días de su muerte apareció una gran esquela en la portada

y una necrológica anónima ocupando más de una página. Se titu-

laba

D. Benito Hernando Espinosa

. En ella, su desconocido autor

se deshace en elogios, pese a reconocer que, por entonces, ya no

era excesivamente conocido en la ciudad(14).

En Granada, como no podría ser menos -en su Facultad había

estado enseñando durante 15 años- también apareció un escrito de

homenaje, publicado al mes de morir. Su autor fue Fidel Fernández

Martínez (1890-1942), quien glosó sus excelencias como profesor,

pese a no haberle conocido personalmente. Esta nota contiene va-

rios errores: atribuye la visita de Rudolf Virchow a la lectura del libro

de Hernando

De la Lepra en Granada

cuando en realidad aquella

fue anterior a su publicación, y señala que en el cuadro de Francisco

Pradilla sobre la rendición de Granada, realizado en 1882, Benito

Hernando está representado en un fraile(15). No fue así, puesto

que en realidad encarnaba al sultán Boabdil.

En 1918, dos años después del fallecimiento, el diario ABC

incluyó una glosa sobre la vida del Dr. Hernando cuyo autor fue

José Velasco Pajares. Se trata de una semblanza en la que combi-

naba bien las luces y sombras de nuestro personaje(16).

ACTIVIDADES UNIVERSITARIAS Y EN LA REAL ACADEMIA

DE MEDICINA Y CIRUGÍA:

Su primer contacto con la docencia fue en Madrid, en la Fa-

cultad de Ciencias de la Universidad Central, como ayudante de la

cátedra de Química general, que regentaba Ramón Torres Muñoz

Figura 1. D. Benito Hernando en sus años de Catedrático en Granada.

Figura 2. La rendición de Granada de Francisco Pradilla en el que D.

Benito Hernando representa al sultán Boabdil.