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198

Salvio Serrano

Benito Hernando Espinosa (1846-1916)

de Luna (1822-1890).Lo hizo entre 1866 a 1872 y, posteriormente,

llegó a ocupar interinamente dicha cátedra en 1869 y 1870 (17).

Durante el curso 1869-70 impartió también clases en el co-

legio privado San José de Madrid, encargándose de las cátedras

de Fisiología e Higiene e Historia Natural. Al mismo tiempo, fue

preparando oposiciones a una cátedra de Medicina y en 1972

obtuvo la de Terapéutica, Materia médica y Arte de recetar de

la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada. Por Real

Orden de 5 de enero de 1872 se le nombró catedrático y el día

27 tomó posesión de la plaza(18).

Su docencia fue dirigida desde el inicio en un doble senti-

do. Por un lado, la Terapéutica y, por otro, la Dermatología. Gra-

cias a las reformas docentes promovidas por la Revolución de

octubre de 1868, se crearon las denominadas “cátedras libres”,

y ya en curso 1872-73 comenzó impartir en la Facultad de Me-

dicina, de forma desinteresada, una Cátedra y Clínica Libres de

Dermatología, entonces llamada de Dermatovenereología.

Compartió las clases con Antonio García Carrera (1833-

1892) quien, además de catedrático de Anatomía Humana, se

encargaba de la sifilografía en el Hospital Provincial -el antiguo

Hospital de San Juan de Dios granadino- e incluso hizo una pu-

blicación sobre ello(19). Por su parte, Hernando se ocupaba de

la dermatología en el Hospital de San Lázaro, fundado por los

Reyes Católicos extramuros de la ciudad para albergar a los en-

fermos leprosos(20).

La inclinación de Hernando a la Dermatología había co-

menzado en Madrid, con las enseñanzas de José Eugenio Ola-

vide, alumno y defensor de la Escuela Francesa, y más aun, con

Domingo Pérez Gallego, que ofrecía clases de la disciplina en el

Hospital de San Juan de Dios. De él se confesará discípulo Her-

nando en la dedicatoria de su libro sobre la lepra(21). De las

múltiples experiencias recogidas con los leprosos de San Lázaro

nacerá su principal escrito en 1881, como el mismo afirmaría en

dicho trabajo.

A partir del 25 de mayo de 1872 formará parte de la Real

Academia de Medicina y Cirugía de Granada. Sustituyó a Benito

Amado Salazar (1820-1873), ausente de Granada desde 1868,

ocupando el sillón nº. 12(22).

Hernando se encargó de dictar la tradicional Lección Inau-

gural del curso 1877-78, en la Universidad de Granada. Lo hizo

disertando sobre “Metodología de las ciencias médicas”(23).

Como vemos no lo hizo sobre Terapéutica, ni sobre Dermato-

logía, sino sobre la enseñanza, tema muy recurrente durante el

siglo XIX en este tipo de actos académicos.

En 1884 conocemos que fue nombrado director del Hospi-

tal Provincial de Granada, cargo que ejerció brevemente, pues

renuncia al mismo en 1885(24). En ese mismo año, con moti-

vo de la epidemia de cólera que asoló Granada, y que tuvo una

mortalidad inusitada, tuvo un comportamiento ejemplar, por lo

que se le solicitó la Cruz de Beneficencia que, con su consabida

modestia, parece ser que rechazó.

De su larga estancia en Granada, Matías Méndez Vellido,

un conocido abogado de la ciudad, y sin duda buen amigo suyo,

le recuerda en una carta, publicada en 1888, las gratas veladas

musicales celebradas en el Centro Artístico granadino, al que sin

duda ambos pertenecían. Y es que estuvo hasta 1887, año en

que marchó a la Universidad Central para ocupar, por traslado,

la Cátedra de Terapéutica(25).

Su intención al hacerlo, para nosotros esta fuera de toda

duda, fue la de presionar para conseguir que se dotase en Ma-

drid una cátedra efectiva de Dermatología, después de realizar

desde Granada una serie de gestiones infructuosas en ese sen-

tido. Alguna de ellas la hizo por medio de su antiguo discípulo,

Federico Olóriz, catedrático de Anatomía Humana en la Central

desde 1883, al que comisionó al año siguiente para tratar del

tema con José de Letamendi y Manjarrés (1828-1897), un profe-

sor de la Facultad de Medicina muy influyente en la época(26).

El 31 de marzo de 1895, ya con 49 años, Hernando tomó po-

sesión de sillón nº 36, en la Real Academia Nacional de Medicina,

vacante por el fallecimiento en 1892 de su anterior ocupante, el

Dr. Amós Calderón Martínez (1850-1892). Allí leyó su discurso de

ingreso por él titulado “Algunos detalles del tratamiento de las

afecciones sifilíticas del sistema nervioso”. Fue contestado por

el eminente cirujano, y también político, Federico Rubio y Galí

(1827-1902). Se le destinó a la 5ª sección: Farmacología y Farma-

cia(27).

En 1897, a la muerte de José de Letamendi, sería nombrado

decano de la Facultad de Medicina, cargo que, al parecer, tam-

bién renunció prontamente, dada su gran austeridad y modestia.

También renunció a ser Médico de Cámara, pronunciando una

frase un tanto mordaz: “las escaleras de Palacio son muy resba-

ladizas”(28).

Por riguroso turno le correspondió pronunciar el discurso

inaugural del curso 1898-99 en la Universidad Central de Madrid.

Esta vez disertó sobre la obra del cardenal Cisneros, como funda-

dor de varios centros de enseñanza, tales como la Universidad de

Alcalá de Henares(29).

De ese mismo tiempo data otro de sus trabajos de tipo his-

tórico titulado

Las tumbas de Granada

, señal cierta de que seguía

manteniendo contacto con la ciudad de Los Cármenes. A este es-

crito seguiría años más tarde un breve estudio sobre la higiene en

épocas pasadas(30).

En 1903 fue presidente del tribunal de oposiciones para la

provisión en el turno entre auxiliares de la Cátedra de Patología

General y Especial y Clínica Médica, Farmacología y Arte de re-

cetar de la Escuela de Veterinaria de León(31). Así mismo, fue

presidente de la 4ª Sección: Terapéutica, Farmacología y Farma-

cia, de la Junta Organizadora del XIV Congreso Internacional de

Medicina, que tuvo lugar en Madrid entre los días 23-30 de abril

de 1903(32).

Fue miembro de Unión Médica Hispano-Americana, que

celebró una asamblea en Madrid en mayo de 1903. En ella pre-

sentó diversos objetos: una planta de dalia, descendiente de la

que trajera de América el botánico Cabanilles en 1791; una caja

de quina traída por Hipólito Ruiz y un álbum de preparaciones

micrográficas de rocas de Canarias, realizadas por Federico Olóriz

Ortega (1880-1947) (33).

Junto con otros autores: Manuel Iglesias, de la Puerta, Juan

Ramón Gómez Pamo, Olmedilla Puig, Simón Hergueta y de Pontes

Rosales, participó en la elaboración de la 7ª edición de la

Farma-

copea Oficial Española

, que vio la luz en Madrid en 1905(34).

En 1907 fue nombrado presidente del tribunal de oposición

encargado de elegir al candidato más cualificado para la cátedra

de Terapéutica que antaño el mismo había ocupado en la Facultad

de Medicina de Granada. Este no sería otro que el granadino Sal-

vador Velázquez de Castro y Pérez (1869-1921) (35).

La Real Academia Nacional de Medicina solicitó para Her-

nando en 1908 la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII que,

según unos, le fue concedida aunque otros afirman que dicha

petición “quedó olvidada en la taquilla del negociado correspon-

diente”. En la necrológica que le dedicó el periódico madrileño

La Semana

se afirma que nunca la recibió(36). Nos preguntamos,

¿pudo renunciar a ella? Ya sabemos que entre sus cualidades es-

taba la modestia, por lo que no hubiese sido nada extraordinario.

En 1910, recién jubilado, uno de sus antiguos alumnos le de-

dicó un trabajo sobre la lepra aparecido en una revista de Sanidad

Militar, pues sin duda su nombre pesaba aun en los ambientes

universitarios. En el artículo se le calificaba de “ilustre leprólogo

español” (37).

Según José Velasco Pajares, un alumno suyo de la Universi-

dad Central, más tarde dermatólogo del Hospital del Niño Jesús,

Hernando no dejó tras sí discípulo alguno en Madrid, ni en el cam-

po de la Farmacología, esa era la plaza oficial que desempeñaba,